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Por: Maria Esther Zaracho Robertti

El reflejo de Narciso

Por Maria E. Zaracho Robertti.

En Narciso, la nueva película del director paraguayo Marcelo Martinessi, el cine nacional vuelve a ser espejo, bisagra y catalizador de lo mejor de nuestro arte: la literatura, la música, la radio y el teatro.

Si en Las Herederas, su obra anterior, eran reconocibles ciertos signos Casaccianos —esa literatura y cine del exilio que nos representó en su momento como sujetos rasgados, habitados por la pérdida y portadores de un pasado—, en Narciso esa herida se intensifica.

Durante muchos años, los paraguayos hemos vivido en contextos patéticos, decadentes, violentos y asfixiantes, y hemos resuelto esa tensión quedándonos o yéndonos, abriendo así una vasta comunidad creada e  imaginada desde el exilio. En Narciso, sin embargo, no hay escapatoria posible.

 Lo verdaderamente oscuro de este film noir asunceno  reside en la atmósfera de una dictadura incipiente y en sus personajes, cargados de tensión y ambigüedad, que oscilan constantemente entre la promoción de  una modernidad incipiente —que sabe a revuelta— y los bajos fondos de una represión contenida y amparada en la tradición.

No hay personajes livianos o transparentes en la película: todos y todas poseen una corporeidad densa,  robusta en sus contradicciones. El arte se vuelve aquí un personaje más: las locaciones, el vestuario y el maquillaje operan como médiums que nos transportan a una Asunción de fines de los años cincuenta.

Las tensiones entre lo “provinciano” y la “gran capital” aparecen no solo como aspiración política o de identidad, sino también como expresión de subjetividades e imaginarios que continúan operando hasta hoy. La película se compone de diversos microclimas, múltiples capas que van develando seres, vínculos y un submundo que implosiona y emerge en la oscuridad: lo ominoso de aquello que se gesta en las sombras. En cierta manera esa tensión ya la había expuesto la película El pueblo ( 1969) ,  la película de Carlos Saguier criticada por el régimen por “ no mostrar el Paraguay real”.

Por momentos,   Narciso nos envuelve en un tiempo difícil de descifrar, la cadencia de las voces nos confunde,  el radioteatro por momentos deja de  pertenecer   a la película  y empieza a parecerse al  “tempo” paraguayo, la voz pausada e impostada de lo real.

El  ritmo de  Narciso se desliza con una poética de la lentitud que, paradójicamente, puede resultar apabullante, desesperante o incluso frustrante cuando como una quemadura irrumpe el final y nos confronta.

Lo intertextual se vuelve clave: Bram Stoker opera como el Supremo de Augusto Roa Bastos, en una aliteración que no resulta descabellada y nos hace notar la configuración y ascenso de una monstruosidad obscura.  La modernidad aparece como un pájaro brillante que intenta ahogar con sus represas las creaciones nocturnas ; la libertad sexual y musical contrastan con la rigidez de los actos protocolares del oficialismo. En las emisoras de radio conviven artistas de la vieja escuela folclórica con  voces emergentes, y en esa convivencia se expresa, de manera notable, el corazón de una época: una tensión entre lo nuevo y lo tradicional que persistirá en las décadas siguientes y que la película expone como preludio.

 En la película, se perciben ecos de la obra de Guido Rodríguez Alcalá en la que se inspira, particularmente en la construcción de una antropología de los personajes: seres ambiguos que se mueven entre la aceptación y promoción de un mundo tal cual es:  represores,  genuflexos del poder, conservadores  y seres que encuentran el valor para irrumpir con sonidos y colores que imaginan otra realidad.

El escándalo de la amoralidad se manifiesta en la búsqueda de un arte en el cual reflejarse. El rock llega por la radio, pero también a través de las modas del Río de la Plata, especialmente desde Argentina y fundamentalmente por el  cine. Rock versus folclore: no solo como disputa estética, sino también política.

En Narciso observamos, como en el mito, un hechizo con nuestro propio reflejo: un embelesamiento trágico que deriva en negación, anulación y enquistamiento. Hacia el final de la novela aparece un doble de Narciso —o  por lo menos alguien que cree volver a  verlo—, una suerte de Elvis sudamericano,una forma de inmortalidad o negación de la muerte de la rebelión.

En el fondo todos sabemos quien mató a Narciso, pero queremos creer que realmente no está muerto.Todavía en duelo - tanto en la película como en la novela—  avanzamos desde ese  embelesamiento con Narciso en el cual  persiste lo mejor de la creación cultural del Paraguay post dictatorial.

 Por que ayer, como hoy, como señala Rodríguez Alcalá en un pasaje de la novela: “el mundo era demasiado horrible para soportarlo; debía ser de otro modo, y todo era cuestión de tener el valor necesario para comenzar a cambiarlo”.

Ficha técnica          

Titulo original: Narciso

Año: 2026

Duración: 100 minutos

País: Paraguay

Dirección y Guión: Marcelo Martinessi

Sinópsis:Paraguay, 1959. Bajo el régimen militar asfixiante del general Alfredo Stroessner, el carismático y misterioso Narciso regresa de Buenos Aires con el rock & roll en las venas. Se convierte en una sensación radiofónica y en un símbolo de libertad. Deseado por hombres y mujeres, Narciso cautiva e inquieta. Tras su último concierto, lo encuentran sin vida brutalmente asesinado. En un país donde reina el silencio y el miedo ahoga la verdad, ¿quién mató a Narciso?.

Actualmente en cartelera en las principales salas de cine del país.

 

María Esther Zaracho Robertti. Escritora, lectora y cinéfila. Premio Nacional de Investigación cinematográfica y  audiovisual de Paraguay en el año 2025. Instagram y contacto: @mariaestherzaracho

 


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