Natacha Voliakovsky
Performance, Buenos Aires, Argentina. 2025. (55')
Nos en Vera. Como parte de la exhibición Interfaz de la carne.
Interfaz de la carne es una performance en la que Natacha Voliakovsky convierte la grasa humana en archivo, reliquia y transmutación. En una especie de sala quirúrgica abierta, el cuerpo aparece como fuente de materia: dos asistentes realizan un skimming sobre la piel, retirando su sustancia como si se tratara de un residuo actual y, al mismo tiempo, de un archivo vivo. Tras ese estadio clínico–ritual, la artista sostiene una máscara realizada con su propia grasa destilada en una cirugía previa, la derrite sobre un pequeño dispositivo de laboratorio, mezcla el líquido resultante para obtener un perfume único —el olor de la transformación— y lo vierte en una flor de vidrio que ofrece al público para ser olida.
Entre quirófano y altar, la performance trabaja el cuerpo como interfaz posthumana, un lugar donde trauma, deseo e industria se inscriben y se reescriben. Al extraer, redistribuir y finalmente disolver su propio rostro y su propia grasa, Voliakovsky ensaya un pasaje de la herida al perfume, del cuerpo individual al cuerpo compartido. La obra pregunta qué hacemos con aquello que nos marca y propone que incluso lo más brutal de la experiencia puede transmutarse en otra cosa: un gesto, un olor, una presencia que insiste más allá de la imagen.
Performance, Buenos Aires, Argentina. 2025. (55')
Nos en Vera. Como parte de la exhibición Interfaz de la carne.
Interfaz de la carne es una performance en la que Natacha Voliakovsky convierte la grasa humana en archivo, reliquia y transmutación. En una especie de sala quirúrgica abierta, el cuerpo aparece como fuente de materia: dos asistentes realizan un skimming sobre la piel, retirando su sustancia como si se tratara de un residuo actual y, al mismo tiempo, de un archivo vivo. Tras ese estadio clínico–ritual, la artista sostiene una máscara realizada con su propia grasa destilada en una cirugía previa, la derrite sobre un pequeño dispositivo de laboratorio, mezcla el líquido resultante para obtener un perfume único —el olor de la transformación— y lo vierte en una flor de vidrio que ofrece al público para ser olida.
Entre quirófano y altar, la performance trabaja el cuerpo como interfaz posthumana, un lugar donde trauma, deseo e industria se inscriben y se reescriben. Al extraer, redistribuir y finalmente disolver su propio rostro y su propia grasa, Voliakovsky ensaya un pasaje de la herida al perfume, del cuerpo individual al cuerpo compartido. La obra pregunta qué hacemos con aquello que nos marca y propone que incluso lo más brutal de la experiencia puede transmutarse en otra cosa: un gesto, un olor, una presencia que insiste más allá de la imagen.